En Monterrey, México hay un platillo llamado barbacoa, — es “una comida bastante grasosa, pero muy sabrosa” — son de esos platillos de los que menos nos conviene por el alto colesterol; explícale a alguien todo lo que implicaría dejarla y te va a decir que sí, que está de acuerdo, pero invítalo al día siguiente a unos tacos y ahí vas a descubrir quién verdaderamente se está transformando y a quién simplemente le gustó cómo sonaba la idea.
Juan Tamez, CIO de UVM, contó esta anécdota el pasado 26 de agosto durante un debate en vivo organizado por The Open Group y TheBlueprint.mx, y la usó para hacerle a su contraparte — Verny Vargas — la pregunta que pudiera ser la más relevante: ¿por qué, después de décadas de que la disciplina de Arquitectura Empresarial existe, madura y tiene resultados demostrados, seguimos viendo tan poca adopción real dentro de las organizaciones? ¿Qué nos ha estado faltando para pasar del “yo lo quiero” al “voy a invertir en esta capacidad”?
Es una pregunta incómoda, y por eso mismo vale la pena tomarla en serio.
Dos posturas, menos distancia de la que creíamos
El debate se planteó como una discusión con dos bandos: Verny Vargas defendiendo que la Arquitectura Empresarial es un prerrequisito para escalar IA de forma sostenible; Juan Tamez argumentando que los marcos formales, aplicados con rigidez, frenan la velocidad que hoy exigen los negocios. Pero conforme avanzó la conversación, ambos terminaron coincidiendo en algo más interesante que cualquiera de sus posturas iniciales: el problema nunca fue la disciplina en sí. Fue cómo la hemos vendido al top management.
Verny Vargas lo dijo sin rodeos: buena parte de la responsabilidad es de quienes practican la arquitectura empresarial, no de quienes se resisten a ella. “Nos hemos vuelto muy técnicos”, reconoció, cuando el verdadero trabajo del arquitecto siempre fue traducir —convertir la complejidad del negocio en decisiones que un director general pueda entender y priorizar.
Juan Tamez no lo contradijo: coincidió en que cuando un CEO de verdad comprende qué es la Arquitectura Empresarial, deja de verlo como un costo y se convierte en la palanca más efectiva que tiene para ordenar la transformación de su negocio.
La diferencia no radica en frameworks o metodologías, sino en la importancia de habilitar una estructura, ese musculo organizacional que nos permita tomar decisiones con base en información, en lograr que cada inversión en tecnología realmente genere el retorno y beneficios esperados.
Por qué la IA puede detonar un cambio
Durante la conversación se habló desde la experiencia tanto de Verny como Juan y Miguel, acordaron que el momento que vivimos puede ser el más idóneo para detonar la adopción de Arquitectura Empresarial para gestionar el cambio en las empresas.
Las olas de transformación anteriores —ERP, la nube, la digitalización— les dieron a las empresas años, a veces décadas, para cargar con desorden estructural sin pagar la factura completa. Los datos inconsistentes, los procesos fragmentados, las decisiones sin dueño claro: todo eso podía coexistir con el progreso de la empresa, pero con la llegada de la inteligencia artificial no ofrece ese margen. Verny lo resumió con una imagen que cualquier líder de negocio entiende sin necesidad de una traducción técnica: no se puede cambiar el motor de un auto sin evaluar si la dirección, los frenos y el chasís van a soportarlo. La IA es ese motor nuevo, y lo que antes tardaba meses en manifestarse como un problema —un dato mal gobernado, un sistema legado generando deuda técnica, un riesgo reputacional que nadie vio venir— ahora se manifiesta en minutos, a una escala que ningún líder puede permitirse ignorar.
Eso es, quizás, lo que finalmente puede resolver la pregunta de Juan Tamez. Durante años, la Arquitectura Empresarial pidió que las organizaciones le creyeran por adelantado, con la promesa de un beneficio que llegaría después y que era difícil de medir en el corto plazo. La IA invierte esa lógica: hace visible el costo de no tenerla, de no haber creado ese musculo organizacional para gestionar el cambio ocasionado por la tecnología. Ya no hay que convencer a nadie de una vulnerabilidad o perdida de participación de mercado — el desorden se amplifica solo, en público, frente al negocio completo y lo peor los clientes lo pueden ver en el servicio que se les ofrece —.
La pregunta que de verdad importa ahora
Sonia González — The Open Group —, cerró el debate con una síntesis que probablemente sea el aprendizaje más práctico de toda la sesión: la etiqueta importa menos de lo que el gremio ha creído. Lo que las organizaciones necesitan —gobierno de tecnología, datos confiables, responsables claros, valor y beneficios medibles— es lo mismo exista o no un departamento formal que lleve el nombre de Arquitectura Empresarial.
La pregunta que sí importa, entonces, ya no es si hace falta o no una práctica formal. Es si cada organización va a esperar a que la IA le muestre el costo de no tenerla, o si va a adelantarse mientras todavía tiene margen para diseñar el cambio en sus propios términos.
Por primera vez en mucho tiempo, esa decisión ya no depende de convencer a nadie de comer menos barbacoa. Depende de si la próxima factura llega antes de que alguien esté listo para pagarla.
Este artículo resume muy brevemente los aprendizajes del debate virtual “Arquitectura Empresarial: clave para la transformación digital y la adopción de IA”, organizado por The Open Group en colaboración con TheBlueprint.mx el 26 de agosto de 2026, con la participación de Verny Vargas, Juan Tamez, Miguel García como moderador y Sonia González en representación de The Open Group.



