Hay discursos que pareciera que nunca envejecen, que se hicieron para nuestra actualidad, escritos para hoy. El de Theodore Roosevelt, conocido como “The Man in the Arena”, describe algo que seguimos viendo todos los días: — quienes hacen y quienes comentan —
Roosevelt arranca diciendo que la peor manera de enfrentar la vida es hacerlo con desdén. Habla de personas que sienten un orgullo retorcido, y hasta cinismo que confunden con cierta inteligencia. Habla de quienes se limitan a criticar la forma en que otros hacen lo que ellos mismos ni siquiera se atreven a intentar.
Dice que no hay ser más enfermizo ni hombre menos digno de respeto que quien sostiene, o finge sostener, una actitud de incredulidad burlona hacia todo lo que es grande y elevado, sea un logro o ese noble esfuerzo que, aun cuando fracasa, es una forma de logro.
Roosevelt no se queda de la crítica en sí. Por el contrario, critica a quien se queda únicamente ahí, a quien la crítica en su forma de vida para no exponerse nunca.
Después habla algo que todos deberíamos recordar:
“No es el crítico quien cuenta; ni quien señala cómo el hombre fuerte tropieza, o como pudo haber hecho mejor las cosas. El crédito pertenece al hombre que está realmente en la arena, con el rostro desfigurado por el polvo, el sudor y la sangre; que se esfuerza con valentía; que se equivoca y se queda corto una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error ni deficiencia; pero que realmente lucha por hacer lo que debe hacerse; que conoce los grandes entusiasmos, las grandes entregas; que se entrega en una causa digna; que, en el mejor de los casos, conoce al final el triunfo de los grandes logros y que, en el peor, si fracasa, al menos fracasa atreviéndose en grande, de modo que su lugar nunca estará con esas almas frías y tímidas que no conocen ni la victoria ni la derrota.”
Tres ideas que me llevo de la frase anterior:
La primera es que el crédito pertenece a quien actúa. No a quien analiza mejor ni a quien detecta el error con más rapidez, sino a quien se presentó, quien puso la cara y asumió el costo, ya sea del fracaso o del éxito.
La segunda es que el error forma parte del esfuerzo y del proceso. Roosevelt no promete que quien entra a la arena saldrá limpio. Dice que se quedará corto “una y otra vez”, y lo dice como una condición normal, no como una vergüenza: no hay esfuerzo sin error. — fallar rápido y aprender —
La tercera es la más incómoda. Las “almas frías y tímidas” no son las que pierden, son las que no conocen ni la victoria ni la derrota. Es decir, quien nunca intenta tampoco puede equivocarse, y por eso no aprende, no gana y no deja nada.
Roosevelt no promete que la arena sea cómoda. Promete algo distinto: que quien está ahí conoce los grandes entusiasmos, las grandes entregas y, con suerte, el triunfo. Y que, aun en el peor de los casos, su lugar no será el de quienes nunca supieron lo que era intentar.
Así que la pregunta no es si te vas a equivocar. Por supuesto que nos vamos a equivocar. La pregunta es si estás dentro de la árena o estás mirando como un espectador más.


